Javier Dugnol

Soy pintor porque pinto. Hace mucho tiempo, sin coger nunca un pincel, sin jamás haber pintado, me lance a la aventura y me gustó. A veces echo de menos esa sensación de aventura que da el desconocimiento e incluso de vez en cuando pienso que se pinta mejor cuanto menos se sabe, pues le pones más corazón, mas tripas y menos cabeza, y la obra es mas auténtica.

No he pisado nunca una academia, y menos la facultad; no tengo ningún premio; ni recuerdo de una gran exposición, ni currículo, ni nada de lo habitual en un pintor que se precie.

Solo pinto; y mi currículo son mis cuadros. ¿Qué pinto? Depende del momento de mi vida. Ahora mi soledad. Aglutino las posibles teorías, pensamientos sobre arte y definiciones al respecto que me encuentro en sesudos libros, para intentar definir mi pintura, y me atrevo a comprimirla en una frase: pinto mis emociones, mis deseos, mis opresiones en el pecho, mis anhelos, mi tristeza, mi alegría; en fin, mi estado de ánimo, mi mundo interior SOBRE UN SOPORTE FIGURATIVO; me pinto a mí.

También pinto oraciones, ruegos, exortizaciones (al amor, a las perdidas, a mis males). Uso la pintura como medicina, como alimento, como oráculo, como fotografías. Hay veces que no cualquier observador puede leer el cuadro y se necesitaría una explicación, pero no me suele apetecer darla (UFF¡¡¡), y en lugar de eso pienso que cada cual mire el cuadro por sí mismo y saque sus propias conclusiones, y mas que un problema, hasta puede suponer una ventaja, pues en lugar de ser yo el cuadro, lo será él, el que mira y será tan valido y lícito como lo es para mí. Chimeneas que lloran, ventanas que gritan y quieren saltar, tejados que se abren, puertas que me invitan a atravesarlas, y paredes que quieren tocar el cielo. Se nos indica un camino.

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